Alianza Lima quedó eliminado de la Fase 1 de la Copa Libertadores a manos de 2 de Mayo de Paraguay en una noche que dejó más preguntas que respuestas. Obligado a ganar, el equipo íntimo nunca encontró claridad ni orden, y terminó pagando caro sus improvisaciones tácticas, su falta de liderazgo en el campo y una preocupante fragilidad emocional.
Desde el arranque se percibió un equipo sin eje. No hubo un futbolista que asumiera el rol de conductor, que pidiera el balón y distribuyera con criterio. La ausencia de un perfil como el de Gaibor se sintió en cada transición. En su lugar, Alianza abusó del pelotazo, un recurso que había dejado atrás, renunciando a cualquier intención de juego asociado.
Las decisiones tácticas tampoco ayudaron. Federico Girotti fue ubicado como falso 9 o incluso como enlace, lejos de su zona natural. Erró pases clave en transiciones que dejaron mal parado al equipo y diluyeron los avances. Gianfranco Chávez, con visibles problemas físicos, de posicionamiento y técnica, perdió solvencia en la mitad del campo. Jairo Vélez lució desconcentrado, impreciso y con dificultades de movilidad. El mediocampo quedó partido: un defensor central reconvertido en volante de primera línea y un mediocentro ofensivo obligado a cumplir funciones de 6 sin tener rasgos de marca. Toda la carga recayó en Chávez, y el desorden fue evidente.
La primera gran ocasión llegó tras una asistencia de Girotti para Paolo Guerrero, quien definió fuera del pórtico. El Depredador, que había iniciado la temporada con dobletes, no pudo sostener esa eficacia en el partido más importante hasta el momento de la presente temporada.
Al minuto 38 llegó otra escena que retrató el desconcierto. Eryc Castillo asumió la responsabilidad de ejecutar un penal, decisión que sorprendió a los hinchas. Guerrero revelaría después que no se sentía con la confianza para patearlo. El arquero Ángel Martínez, figura de la noche, atajó el disparo y sostuvo el 0 a 0 con el que ambos equipos se fueron al descanso, tras un primer tiempo pobre de los blanquiazules.
En el complemento, con un Alianza desesperado y un 2 de Mayo replegado, llegó el 1 a 0. Tras un rebote generado por un centro de Castillo, Luis Advíncula apareció con potencia y reventó el arco paraguayo a los 63 minutos. Era el impulso que necesitaba el equipo, pero la ilusión duró poco.
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Un error en la salida de Alejandro Duarte terminó fabricando un penal para la visita. El árbitro no lo sancionó en primera instancia, pero el VAR lo llamó y cambió su decisión. El designado para ejecutarlo era Elías Alfonso, aunque el técnico Eduardo Ledesma decidió enviar a su especialista, Wilson Ayala. El cambio resultó decisivo. Disparo fulminante al centro y empate que silenció el estadio.
Desesperado, Pablo Guede armó línea de tres y lanzó hasta cuatro hombres al ataque. Pero el ímpetu no reemplazó la falta de ideas. Ángel Martínez volvió a aparecer con intervenciones determinantes que sellaron la clasificación paraguaya y dejaron a Alianza sumido en la frustración.
Tras el pitazo final, el malestar fue evidente. El hincha pidió salidas y apuntó contra la gestión deportiva. La eliminación no es un hecho aislado. Responde a malas contrataciones, a la salida de jugadores que sí marcaban diferencias como Hernán Barcos, ídolo y referente en campañas internacionales recientes, y a episodios de indisciplina que deterioraron el inicio de temporada y la imagen institucional.
Alianza Lima no solo pierde una llave. Pierde dinero, credibilidad y, sobre todo, identidad. Los experimentos de un entrenador que ha perdido más de lo que ha ganado terminaron por perjudicar a un plantel que nunca encontró funcionamiento ni cohesión.
Ahora, sin competencia internacional, el equipo de La Victoria tendrá que concentrarse en la Liga local e intentar impedir que Universitario de Deportes, su máximo rival, alcance el tetracampeonato. Pero antes deberá mirarse hacia adentro. Porque más que una derrota deportiva, lo que quedó expuesto es un club que se traicionó a sí mismo.
Alianza es del pueblo. Y hoy, ese pueblo exige algo más que promesas: exige autocrítica, decisiones firmes y un equipo que vuelva a hacerlo sentir orgulloso cada fin de semana.










